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Soltar no es perder, es dejar de sujetar lo que empieza a pesar

Cuando hablamos de soltar y no sostener no nos referimos a resignarse o dejar de luchar, sino de entender que aferrarse a lo que empieza a ser una carga tan sólo aumenta el dolor por la resistencia.

Soltar no es perder, es dejar de sujetar lo que empieza a pesar

Cuando se habla de “soltar”, muchas personas imaginan abandonar, resignarse o dejar de luchar, sin embargo, soltar no consiste en renunciar a la vida, sino en dejar de sujetar aquello que ya no necesita ser sostenido.

 

Hay una diferencia importante entre sostener y aferrarse: Sostener implica cuidar algo mientras tiene sentido; Aferrarse es seguir invirtiendo energía en algo solo por miedo a lo que ocurriría sin ello.

 

Una rama no sujeta las hojas secas durante el otoño, no las expulsa con rabia ni las conserva por nostalgia, simplemente permite que se desprendan cuando han cumplido su función. La naturaleza no interpreta el cambio como una traición, sino como una transición.

 

Las personas, en cambio, solemos convertir muchas cosas en parte de nuestra identidad, una idea, una relación, un trabajo, una imagen de nosotros mismos o incluso un dolor antiguo y cuanto más creemos que “somos” eso, más difícil resulta dejarlo ir.

 

Paradójicamente, no es el pasado lo que más pesa, sino el esfuerzo constante por transportarlo.

 

Soltar no siempre significa marcharse, a veces consiste en dejar de esperar que alguien cambie, otras veces es abandonar la necesidad de tener razón, de controlar cada resultado o de seguir castigándonos por errores que ya no podemos modificar.

 

Hay personas que siguen sosteniendo conversaciones que terminaron hace años, otras cargan con expectativas heredadas que nunca eligieron. 

Algunas mantienen guerras internas con una versión de sí mismas que ya no existe y todo ello consume una energía silenciosa.

 

Soltar no es olvidar, es recordar sin quedar atrapado.

 

Tampoco es dejar de amar, es comprender que el amor no siempre exige posesión, y que algunas cosas pueden ser valiosas precisamente porque tuvieron un final.

 

Quizá el verdadero problema no sea lo que perdemos cuando soltamos, sino lo que dejamos de descubrir mientras mantenemos las manos ocupadas.

 

Porque una mano cerrada puede retener, pero no puede recibir.

 

Tal vez la madurez no consista en acumular más experiencias, más certezas o más seguridades, sino en aprender a reconocer qué cosas ya han terminado su tarea en nuestra vida.

 

Y quizá soltar no sea un acto puntual, sino una forma de caminar más ligero.

 

Después de todo, el río no avanza porque empuje el agua que dejó atrás, avanza porque no intenta retenerla.

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